TEMARIO

viernes, 18 de noviembre de 2011

SER PROFESOR

El gasto de 2012 contempla más dinero para enseñanza concertada, menos beneficiarios de becas y una reducción del apoyo a los alumnos más rezagados.

En 2012 habrá 1.190 docentes menos para 4.313 estudiantes más en los insititutos, según el proyecto de presupuestos. Es el primer número concreto sobre este asunto recogido en un documento oficial.

¿Qué es ser profesor?


Ser Docente, es algo complejo, sublime y más importante que enseñar matemática, biología, inglés u otra asignatura. Educar es alumbrar personas autónomas, libres y solidarias. Es ofrecer los ojos propios para que los alumnos (as) puedan mirar la realidad sin miedo.

Ser Docente, no implica solo dictar horas de clases, sino dedicar alma. Exige no solo ocupación, sino vocación de servicio. El genuino educador se esfuerza por ser verdadero amigo de cada uno de sus alumnos (as), ya que ellos (as) no son cosas para barrerlas, son personas, con su propio mundo intelectual y emocional. Es necesario cooperar con ellos para que hagan el mejor uso de las posibilidades y potencialidades. Es triste comprobar cómo la mayoría de los Docentes reducen su profesión a meros dadores de clases y creadores de planificaciones sin contextos, sin siquiera asomarse a la grandeza de lo que significa ser educador.Ser Docente, es ser un estilista de almas, un embellecedor de vidas; tiene una irrenunciable misión de partero del espíritu y de la personalidad. Es alguien que entiende y asume trascendencia de su misión, consciente de que no se agota de impartir conocimientos o propiciar el desarrollo de habilidades y destrezas, sino que se dirige a formar personas, a enseñar a vivir con autenticidad, sentido y proyectos, con valores definidos, con realidades, incógnitas y esperanzas.

Ser Docente, consiste en brindar vuelos de altura, sembrar utopía, estar siempre abierto a la aventura de lo desconocido, al riesgo de las cumbres, exploradores de nuevos horizontes y mundos más humanos construidos mas allá de los gritos y de la impaciencia.

Ser Docente, es ofrecer una varita mágica a los niños(as) para que puedan volar con sus fantasías, recorrer los caminos de la imaginación, visitar estrellas y países encantados, hablar con mariposas y tulipanes, descubrir horizontes insospechados y descansar con el pecho de la luna.

Ser Docente, es guiar a los alumnos (as) a la maduración de una fe. El educador creyente deberá reflejar su fe en su propia vida. Por eso, dentro de sus limitaciones, tratará de caminar siempre al lado de sus alumnos (as), dispuesto a atenderle con especial cariño y dedicación sobre todo cuando estén en serios problemas y dificultades. Que los alumnos (as) sientan que siempre podrán contar con su ayuda y comprensión y nunca estarán solos(as).

Ser Docente, es más que inculcar respuestas e imponer repeticiones, conceptos, formulas y datos, es orientar a los alumnos (as) a la creación y el descubrimiento, que surgen de interrogar la realidad de cada DIA y de interrogarse permanentemente. Es formar individuos críticos, libres, democráticos, innovadores, trabajadores y con sentimientos nobles.

Ser Docente, no es ser un suplicante ni buscador de faltas, ni descalificado de los demás, ni un ciego que da palos a diestra y siniestra... Es una persona estudiosa, paciente, serena interiormente y amante de la profesión docente.

Todas estas líneas son algunas ideas de ser docente...
Sabemos que Educar Implica: Compromiso, Responsabilidad, Vocación y Amor por lo que Hacemos.

Ser docente, profesor o educador es ser una persona comprometido con la educación de los niños y niñas, conocer y entender las diferencias individuales de cada alumno, entregar valores, enseñarles a opinar con respeto, a reflexionar, a trabajar en equipo. Un docente debe creer plenamente en las capacidades de sus alumnos, jugársela por ellos, involucrar a las familias.

Los Maestros y las Maestras, -los de verdad-, son magos, hadas maravillosas capaces de convertir el monstruo en corcel, el artilugio en rienda, el ingenio en carro y el abismo, en una llanura infinita, donde perseguir y lanzar los sueños.
 
No todos los estudiantes nos hemos topado con “estos docentes”, los hay desencantados, faltos de ilusión, mero lectores de programas, hartos y sin vocación, ¿cuántos profesores han perjudicado ilusiones , esperanzas y sueños?. Mejoremos la educación, y sobre todo la parte más importante ,,, el profesor.

Aquí, unas reseñas del libro de Frank McCourt, "El profesor"

EL PROFESOR

¿Y usted se considera profesor?

Yo no me consideraba nada. Era más que un profesor. Y menos. En el aula del instituto eres sargento instructor, rabino, paño de lágrimas, ordenancista, cantante, erudito de poca monta, administrativo, árbitro, payaso, consejero, controlador de vestuario, director de orquesta, apologista, filósofo, colaborador, bailarín de claqué, político, psicoterapeuta, bufón, guardia de tráfico, sacerdote, madre-padre-hermano-hermana-tío-tía, contable, crítico, psicólogo, el último asidero.
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En el comedor de profesores, los veteranos me advertían:

Hijo, no les cuentes nada de ti mismo. Son chicos, maldita sea. Tú eres el profesor. Tienes derecho a la intimidad. Ya conoces el juego, ¿no? Esos cabroncetes son diabólicos. No son, repito, no son tus aliados naturales. Cuando te dispones a enseñarles una lección de verdad sobre gramática o algo así, ellos se lo huelen y te salen al paso, muchacho. No los pierdas de vista. Esos chicos llevan años con esto, once o doce años, y ya les han encontrado las cosquillas a los profesores. Si piensas siquiera en la gramática o la ortografía, ellos se dan cuenta y levantan las manitas y adoptan esa expresión suya de interés y te preguntan qué juegos te gustaban de pequeño, o quién crees que va a ganar la condenada Serie Mundial. Ah sí, Y tú caes en la trampa. Al cabo de un momento les estás soltando todo, y ellos se van a sus casas sin saber lo que es una oración gramatical ni de lejos, pero contando tu vida a sus padres.
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Si encargabas a los chicos y chicas del Instituto de Secundaria Stuyvesant que escribieran trescientas cincuenta palabras sobre cualquier tema, podía pasar que te escribieran quinientas. Tenían de sobra.

Si encargabas a todos los alumnos de tus cinco clases que escribieran trescientas cincuenta palabras cada uno, tenías ciento setenta y cinco por trescientas cincuenta, o sea, que tenías que leer, corregir, evaluar y poner nota a 43.750 palabras por las noches y los fines de semana. Y eso si tenías la prudencia de encargarles deberes sólo una vez por semana. Tenías que corregir las de ortografía, los errores de gramática, las estructuras defectuosas, los elementos de unión, la chapucería en general. Tenías que hacer sugerencias sobre el contenido y escribir un comentario general explicando la nota. Les recordabas que no ganaban puntos los trabajos, adornados con kétchup, mayonesa, café, coca-cola, lágrimas, grasa, caspa. Les recomendabas encarecidamente que escribieran los trabajos en un escritorio o una mesa, y no en el tren, el autobús, las escaleras mecánicas, o entre el barullo de la Pizzería Original de Joe, a la vuelta de la esquina.

Si dedicabas a cada trabajo aunque sólo fueran cinco minutos, esta serie de trabajos te llevaría catorce horas y treinta y cinco minutos. Equivaldría a más de dos días de clase, y a perder el fin de semana.
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Una joven profesora me preguntó si podía darle algún consejo.

Descubre qué es lo que te gusta, y céntrate en ello. A eso se reduce todo. Reconozco que no siempre me gustó enseñar. Estas perdido. En el aula estás solo, un hombre o mujer ante cinco clases todos los días, cinco clases de adolescentes. Una unidad de energía contra ciento setenta y cinco unidades de energía, contra ciento setenta y cinco bombas de relojería, y tienes que buscarte modos de salvar la vida. Pueden dejarte k.o. o dar una cornada, y allí acabará tu carrera profesional en la enseñanza. Pero si aguantas, aprendes los trucos. Es difícil, pero tienes que ponerte cómo en el aula. Tienes que ser egoísta. Las líneas aéreas te dicen que, si te falta el oxígeno, lo primero que debes hacer es ponerte tu mascarilla, aunque tu instinto te mueva a salvar primero al niño.

El aula es un lugar de gran dramatismo. Nunca sabes lo que has hecho para o por los centenares de alumnos que llegan y se van. Los ves salir del aula: soñadores, apagados, burlones, con admiración, sonrientes, desconcertados. Al cabo de unos años desarrollas unas antenas. Te das cuenta de si les has llegado o si los has hecho apartarse de ti. Es una química. Es psicología. Es instinto animal. Estás con los chicos y, mientras quieras ser profesor, no tienes escapatoria. No esperes ayuda por parte de los que han huido del aula, de los de arriba.

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